Caminante, no hay camino / se hace camino al andar
6 04 2007En esta Semana Santa los grupos juveniles Orión hicimos el los 112 últimos kilómetros del camino de Santiago. Cogimos el tren en Chamartín hasta Sarria por la noche, y desde allí, habiendo dormido 2 ó 3 horas solamente, comenzamos la marcha hasta nuestro primer destino: Portomarín.
La rutina de cada día consistía en levantarse pronto, desayunar medio dormido en alguna cafetería y andar los ventipico kilómetros diarios. Cuando llegábamos al final de la etapa a las dos de la tarde más o menos, cogíamos un sitio en el albergue y buscábamos un sitio para comer. Por la tarde jugábamos a las cartas o dormíamos una siesta
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Lo que se hace más duro del camino es cargar con la mochila, ya que, aunque en teoría sólo podíamos llevar el 10% de nuestro peso corporal, era imposible meter toda la ropa en menos de 11 kg. Al dolor de hombros se le unía el de los pies y alguna que otra ampolla, pero nada que no se solucionara con un chute de ibuprofeno, espidifen, gelocatil o similares.
El tiempo en Galicia era muy variable: en un día podía haber llovido 3 o 4 veces y hacer un sol radiante otras tantas.
A lo largo del camino conocimios a muchos otros peregrinos con los que coincidíamos después en los albergues: unos militares de infantería (uno de ellos se llamaba caraketchup) que nos hablaron de los ejercicios que hacían y de lo maravillosos que es el fusil; una boyscout que estaba para choped; unos que llevaban una furgoneta de apoyo llena de coca-colas, fantas y nesteas fresquitos… También nos encontramos con una señora que hacia el camino con un burro para que le llevara las mochilas; y con unos andaluces con los que jugábamos a las cartas por las tardes.
Una de las cosas más curiosas que vimos a lo largo de nuestra travesía fue el parto de un ternerillo. Cuando las contracciones empezaron, ataron al animal unas cuerdas a las patas y tiraron hasta que salió: rápido e indoloro. Unos minutos después de salir ya intentaba dar sus primeros pasos mientras la madre le peinaba a lametazos.
El día que llegamos a Santiago estábamos todos impacientes por llegar a la Plaza d’Obradoiro. Pero había un pequeño inconveniente: una vez que llegamos a la ciudad había que caminar tres kilómetros más hasta llegar a la Catedral. Lo que más se notó cuando fuimos a comer allí fue la diferencia de precios: de pagar 2€ por un bocata de tortilla de 20 centímetros de ancho a pagar 3€ por uno que era la mitad de grande.
Allí, en la oficina de atención al peregrino nos dieron las credenciales con nuestros nombres en latín; por ejemplo, de Víctor -> Victorem. En el viaje de vuelta se perdieron 5 ó 6 Compostelanas incluyendo la mía: pero no pasa nada; lo importante es participar. Afortunadamente, encontramos las Compostelanas días más tarde
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Es una experiencia que me hizo relativizar lo que es cansancio y dolor y también me ayudó a reflexionar sobre mi vida. Se la recomiendo a todos aquellos que quiera pasar unos días divertidos con los amigos y encontrarse a si mismos.












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